A las ocho menos cinco, Teresa está en el autobús, con una mano en el bolso y la otra en el móvil. Ha dormido poco, ha dejado una lavadora por tender y va pensando en el pedido que necesita resolver antes del almuerzo. En la pantalla aparece una frase: «Si haces lo que amas, nunca tendrás que trabajar». Teresa mira el tráfico. Le gustaría presentar al autor de la frase a la hoja de cálculo de las nueve.
Teresa es un personaje ficticio. La escena no procede de una entrevista; sirve para abrir una conversación que muchas personas conocen por dentro. Hay mañanas en las que el trabajo es simplemente trabajo. Vamos porque asumimos responsabilidades, necesitamos los ingresos, respetamos a nuestros compañeros o queremos hacer bien una tarea. El entusiasmo puede llegar más tarde. A veces, ese día no llega.
Eso no convierte automáticamente a nadie en un profesional desinteresado. Quizá haya llegado el momento de preguntarnos por qué empezamos a exigir una declaración de amor junto con la puntualidad.
La competencia no tiene que entrar dando saltos
Imagina a dos personas del mismo equipo. Una habla con energía, se ofrece para presentar proyectos y utiliza a menudo la palabra pasión. La otra es reservada, detecta errores antes de que lleguen al cliente y cumple lo acordado sin convertir cada entrega en una celebración. Ambas pueden ser excelentes. Ambas pueden equivocarse. El volumen del entusiasmo no permite decidir quién trabaja mejor.
El problema empieza cuando el ánimo visible sustituye a la evaluación del trabajo. «Parecía poco motivada» puede referirse a una tarea abandonada. Pero también puede significar que alguien no sonrió durante una reunión, pidió aclaraciones o señaló un plazo irrealista. Conviene distinguir esas situaciones antes de darles la misma nota.
Hay funciones que exigen cordialidad, atención y cuidado en el trato con otras personas. Eso es compatible con la profesionalidad. Pedir respeto hacia un cliente no equivale a exigir felicidad permanente. Una persona puede tener un día difícil y, aun así, atender correctamente, reconocer sus límites y pedir apoyo cuando lo necesita.
Tampoco vale utilizar esta distinción como excusa para tratar mal a los demás. No necesitamos amar cada minuto del trabajo; seguimos siendo responsables de lo que hacemos con nuestro tiempo y con el de otras personas.
Cuando «pensar en positivo» impide una conversación útil
El optimismo puede ayudar a un equipo a atravesar dificultades. El humor puede aliviar una mañana pesada. Hay líderes que animan sin negar el problema, y eso tiene valor.
La positividad se vuelve obligatoria cuando solo hay espacio para la versión cómoda de los acontecimientos. Alguien dice que ha aumentado la carga de trabajo y recibe un consejo sobre su actitud. Una trabajadora pregunta por los criterios de promoción y escucha que debería agradecer la oportunidad. Un compañero identifica un error y pasa a ser quien «trae negatividad».
En este artículo, la expresión positividad obligatoria describe esa regla informal de ocultar el malestar. No es un diagnóstico clínico. Es una forma de nombrar situaciones en las que parecer que estamos bien resulta más importante que poder explicar lo que no va bien.
Por eso, la conversación se empobrece. Si los problemas solo pueden entrar en la reunión disfrazados de buenas noticias, a quienes deciden les faltará información. Mientras tanto, la persona que necesita ayuda aprende a preparar una buena expresión facial antes de preparar su petición.
Exploramos una tensión similar en «La empresa parece maravillosa en LinkedIn. ¿Se lo han contado a los empleados?» (en portugués). Aquí, la fotografía deja paso a la vida cotidiana: ¿podemos estar en el trabajo sin representar continuamente la versión más animada de nosotros mismos?

Disfrutar, valorar y necesitar son cosas diferentes
La investigación sobre la motivación ofrece una distinción útil. La teoría de la autodeterminación contempla diferentes razones para actuar y destaca la importancia de la autonomía, la competencia y la vinculación con los demás. En palabras sencillas, importa disponer de cierto margen de elección, sentirse capaz de realizar el trabajo y mantener relaciones en las que exista respeto.
El artículo de Gagné y Deci sobre motivación laboral, de 2005, ayuda a comprender que una persona puede asumir una actividad por el valor que le reconoce, aunque no le resulte interesante en sí misma. Es una referencia teórica, no una receta capaz de explicar todas las experiencias profesionales.
Piensa en la tarea de revisar documentos. Quizá nadie la incluiría entre sus planes ideales para una tarde libre. Aun así, alguien puede valorar la precisión porque sabe que un error perjudica a un cliente o a un compañero. Hay compromiso en ese cuidado. No hace falta un romance con el archivador.
Necesitar el sueldo también es una razón legítima. El alquiler no acepta propósito en lugar de una transferencia. Reducir esa necesidad a una falta de ambición menosprecia a quienes sostienen familias, buscan estabilidad o atraviesan una etapa en la que la seguridad pesa más que la aventura.
Estas razones, además, pueden coexistir. Podemos disfrutar de una parte de nuestra profesión, detestar otra, apreciar a los compañeros y desear mejores condiciones. Aun así, esa mezcla de sentimientos no disminuye la seriedad con la que trabajamos.
Volver a empezar después de los 50 no exige una vocación inédita
Para una mujer que vuelve a empezar profesionalmente, la presión puede llegar por partida doble: encontrar trabajo y demostrar un entusiasmo extraordinario por reinventarse. Como si actualizar sus competencias solo contara cuando va acompañado de una historia inspiradora y una fotografía al amanecer.
Hay quienes quieren abrir un negocio. Otras mujeres prefieren regresar a una función conocida. Para algunas, el objetivo es aprender una herramienta y conseguir un horario compatible con la vida que tienen. Pese a sus diferencias, todas estas elecciones merecen respeto, aunque no parezcan impresionantes en las redes.
Volver a empezar puede consistir, por ejemplo, en revisar el currículo y descubrir que una competencia sigue teniendo utilidad. A partir de ahí, resulta más fácil presentar una candidatura con criterios claros. O elegir un trabajo que deje energía para vivir, aunque no sea el trabajo soñado.
Es importante no confundir realismo con resignación. Una opción posible hoy no define todas las opciones de mañana. Pero exigir pasión como condición de dignidad añade culpa a quienes ya están eligiendo dentro de unos límites económicos, familiares o de salud.
La pregunta puede ser menos grandiosa y más útil: «¿Qué condiciones me permiten trabajar bien y seguir teniendo una vida?».
Un día sin ganas no equivale a un trabajo que hace daño
También necesitamos evitar el movimiento contrario: llamar normalidad a todo. Una mañana aburrida no equivale a semanas de miedo, humillación o incapacidad para recuperarse. La ausencia de entusiasmo, por sí sola, no permite concluir que existe una enfermedad ni descartar un sufrimiento persistente.
La Organización Mundial de la Salud identifica las cargas excesivas, el escaso control sobre el trabajo, la inseguridad y la discriminación entre los riesgos para la salud mental. Sus orientaciones incluyen intervenir sobre las condiciones laborales, además de apoyar a las personas. El objetivo no se limita a enseñar a cada trabajador a soportar mejor lo que le ocurre.
Si el malestar persiste e interfiere en el sueño o en la vida cotidiana, buscar apoyo de un profesional sanitario puede ayudar a comprender la situación. En el trabajo, los servicios de salud laboral y los canales adecuados de la organización pueden formar parte de la respuesta. No es necesario esperar a tener una explicación perfecta para pedir ayuda.
Aceptar que no todos los días son emocionantes no significa aceptar faltas de respeto. En el artículo sobre yoga, fruta y agotamiento (en portugués), esa diferencia es esencial: un beneficio agradable no resuelve por sí solo una organización del trabajo que necesita cambiar.

En la práctica: sustituir la exigencia de entusiasmo por una pregunta concreta
La siguiente propuesta es un ejercicio editorial de reflexión, no una prueba psicológica. Puedes hacerlo en una hoja, en pocos minutos, sin obligación de mostrárselo a nadie.
Empieza por describir una situación reciente, en lugar de clasificar tu personalidad. «El martes tuve tres peticiones urgentes y no sabía cuál priorizar» aporta información. «Soy una persona desmotivada» cierra la conversación antes de que empiece.
Después, distingue qué dificulta la tarea. ¿Falta información? ¿Hay exceso de trabajo? ¿El contenido es repetitivo? ¿Existe un conflicto? ¿O fue simplemente un día de menor energía? Estas posibilidades requieren respuestas diferentes. Una mala noche no se resuelve con un cambio de carrera; una carga de trabajo excesiva y persistente no se resuelve solo con una buena noche de sueño.
Elige entonces una petición proporcional al problema y al margen de seguridad que tengas. Puede ser: «Hoy puedo terminar A o B; ¿qué debería priorizar?». O: «Para aprender esta herramienta necesito una hora sin interrupciones». Otra posibilidad: «Me gustaría entender los criterios utilizados en esta decisión».
Hay lugares donde hablar implica riesgos reales. En esos casos, preparar ejemplos, buscar asesoramiento de confianza o recurrir a un canal apropiado puede ser más prudente que afrontar la situación sin apoyo. Decir «basta con poner límites» a quien teme perder el empleo es fácil cuando el sueldo en juego es el de otra persona.
Por último, observa la respuesta. ¿Hubo una aclaración, un ajuste o una fecha para retomar el asunto? ¿O recibiste únicamente un elogio a tu resiliencia? Una conversación no basta para juzgar a toda una organización. Sin embargo, puede ayudar a descubrir si existe disposición para transformar la información en acciones.
Lo que una persona al frente de un equipo puede hacer mañana
Un pequeño cambio está en la pregunta inicial. En lugar de exigir que todo el mundo anuncie un éxito, quien dirige puede preguntar: «¿Qué está dificultando el trabajo esta semana?». No necesita pedir confidencias personales ni convertir la reunión en una sesión de terapia. Necesita permitir respuestas relacionadas con el trabajo y no castigar a quien las da.
Además de escuchar, importa reconocer comportamientos concretos. Por ejemplo, quien resolvió un problema con cuidado merece reconocimiento, aunque no sea la persona más extrovertida de la sala. Del mismo modo, quien identifica un riesgo puede estar protegiendo el resultado, no estropeando el ambiente.
También conviene explicitar las prioridades. Si todo es urgente, el trabajador debe elegir y adivinar qué elección será criticada después. Una orientación clara ahorra una energía que ningún discurso motivacional puede devolver.
Quien dirige no controla todas las circunstancias. Sin embargo, puede explicar qué depende de su responsabilidad, trasladar problemas a quienes deciden y dar continuidad a lo prometido. La confianza necesita esa constancia, sobre todo los días en los que el equipo tiene pocas ganas de participar en otra dinámica con notas adhesivas.
Podemos disfrutar del trabajo y querer volver a casa
Para algunas personas, la profesión ocupa un lugar central en su identidad. Otras encuentran gran parte del sentido de la vida en la familia, el arte, la comunidad, el aprendizaje o un paseo sin notificaciones. No existe una proporción obligatoria.
Así, el trabajo puede ser importante sin tener que responder a todas nuestras necesidades. Puede ofrecer ingresos, utilidad, relaciones y crecimiento, dejando espacio para otras cosas. Por eso, querer terminar la jornada no es una confesión de fracaso profesional.
En «El trabajo ha terminado. ¿Por qué nuestro cerebro sigue en una reunión?» (en portugués), reflexionamos sobre ese paso entre trabajar y recuperarse. Aquí queda una idea complementaria: no necesitamos demostrar amor al trabajo para merecer la posibilidad de interrumpirlo.

Teresa llega por fin a la oficina. Saluda a sus compañeros, abre el pedido pendiente y encuentra un error que habría retrasado la entrega. Lo resuelve. No siente ganas de escribir un manifiesto sobre la pasión. Siente satisfacción por haber hecho bien esa parte del día.
Quizá por la tarde se entusiasme con una idea. Quizá simplemente se alegre de llegar a casa a tiempo. Su trabajo no pierde valor por eso.
¿Te reconoces en este artículo? ¿Has sentido alguna vez que necesitabas parecer entusiasmada para que reconocieran tu competencia?
El trabajo puede pedir nuestro compromiso. No necesita exigir una declaración de amor cada mañana.
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